20
Ene
15

Doug Menuez – Fearless Genius

Las interioridades de Sillicon Valley a través de Steve Jobs y de la tribu de informáticos e ingenieros que forjaron la revolución digital en los 80 y 90. Un Steve Jobs en blanco y negro, en la época en que fundó la empresa NeXT, después de que le obligaran a abandonar Apple, protagoniza la exposición del fotógrafo Doug Menuez, que se coló en las compañías más punteras del Valley para documentar su modo de trabajo, los procesos de innovación y un mito que ya es Historia. La muestra ‘’Un genio audaz: la revolución digital en Sillicon Valley 1985-2000′, descubre a un joven Steve de mirada brillante, media sonrisa tensa y sueños que entonces parecían imposibles.

“Cualquiera que fuera a Sillicon Valley entonces se daba cuenta de cómo estaban inventando una nueva cultura que cambiaría nuestras vidas. Hoy todos estamos manipulados por la tecnología, incluso nuestra actitud. ¿Pero qué viene después? Esa es la pregunta: ¿De dónde vendrá la nueva revolución tecnológica? ¿De China, India, Brasil, Rusia… o quizás Estados Unidos o Europa? ¿De dónde surgirá el próximo Steve Jobs?”, plantea Doug Mendez, que se ganó la confianza de Jobs y éste le abrió las puertas de NeXT con carta blanca para fotografiar lo que quisiera.

A los 30 años, Jobs fundó NeXT con la ambición de trasladar la potencia de un ordenador del tamaño de un frigorífico a un cubo de 30 centímetros. Pero la compañía también era su venganza al humillante golpe de la junta directiva de Apple orquestado por John Sculley, el director ejecutivo que el mismo Jobs había designado. NeXT supondría una década de durísimas luchas y fracasos, pero el trabajo que desarrolló le permitiría volver a Apple.

En varias ocasiones, Doug Menuez capta al Jobs pensador, con la mirada extraviada, perdido en otra realidad. “La exposición también es el retrato de la fuente de la creatividad y de la innovación. Y de cómo se producen. Todo está dentro de la cabeza. Y es muy difícil plasmarlo en una fotografía”, reconoce Menuez. El fotógrafo supo atrapar la esencia del pensamiento y el magnetismo de Jobs, con instantáneas como ‘Steve Jobs pensando una respuesta’ (Palo Alto, 1986) –en la que se lleva la mano a la frente, tirándose el pelo hacia atrás y muestra su media sonrisa hostil antes de contestar a uno de sus ingenieros– o ‘Steve Jobs está pensando’ (Santa Cruz, 1987) –aquí mira al techo, absorto, con la boca ligeramente entreabierta y las ideas brillando en sus ojos–.

A Steve Jobs nadie, ni el mejor de los científicos ni el mayor de los expertos, podía decirle que sus ideas eran imposibles. No aceptaba un ‘no’. En NeXT las discusiones eran acaloradas y subidas de tono. “Un día le pregunté qué es lo que quería hacer. Y Jobs me dijo: ‘Quiero que un día, un chico en su habitación de la Universidad de Stanford pueda curar un cáncer a través de un dispositivo móvil’”.

Otras imágenes muestran a un Jobs más humano, como el momento en que Menuez atrapa una de sus escasas carcajadas, un día en que llevó a su equipo de pícnic con un viejo autobús escolar alquilado. “Podía llegar a ser muy grosero, insolente e incluso rencoroso, pero tambiéne era muy alegre y tenía una risa contagiosa y una energía irresistible”, cuenta Menuez.

Pero Jobs no es el único protagonista de la exposición. Ahí están un joven Bill Gates –con pintas de nerd– contando en una conferencia que ninguna fotografía debería valer más de 50 dólares; John Warnock y Chuck Geshke, los creadores de Photoshop y fundadores de Adobe Systems; e incluso el mismísimo pintor David Hockney durante su primera clase de Photoshop. “Sillicon Valley parecía lo que probablemente habría sido París en los años 20. Artistas y músicos no querían perderse la revolución digital, querían incorporarla a sus procesos de trabajo.

Menuez también muestra el lado oscuro de ‘La revolución digital’: las frustraciones, los fracasos y los sacrificios. “Hay gente que se sacrificó por un sueño, que murió, que perdió el trabajo, que hundió su carrera, que hizo billones de dólares pero también los perdió. Trabajar 60, 90 y luego 120 horas se volvió normal. Incluso Google, el fantástico Google, puso una lavandería en sus instalaciones para que los trabajores no tuviesen ni que salir. Su vida era el trabajo”, apunta el fotógrafo.

En la imagen ‘Un millón de líneas de código’ captó una pausa del programador Peter Alley en la recta final de un proceso demoledor: 30 programadores de Apple estuvieron escribiendo un millón de líneas de código en el plazo límite de un año, pero no funcionaron. Poco después de tomar esta fotografía, el nuevo director contratado por John Scully puso un ultimátum al equipo: reescribir el millón de líneas en otro año. El joven programador Ko Isono se fue a casa, cogió una pistola y se suicidó.

Fuente: El Mundo

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